me pregunto: ¿cuán necio puedes ser?
Digo qué parte del “no”,
no entendés.
-Babasónicos-
La respuesta fue No.
Un “no” de esos gigantes, de esos que se te pegan en la frente como un sello, como una estampilla y tus ojos internos lo ven todo el tiempo, como si todos los que te miran pudieran ver lo mismo que tu.
Un No de esos que estallan en la cara como una bombita de agua y te dejan frío, como estallan las mariposas en los parabrisas, para después quedarse rotas hasta secarse.
Un “no” de helado chorreándole de pena por la cara, todo derretido horrorizándolo mientras volvía sentado en la ultima fila del camion, atrás del todo mirando desde ese lugar todos los que traían un “si” para el regreso.
Sábado por la noche, para él terminando todo de “no”. Para otros empezando con las esperanzas del “si”. Caminándoles por las manos, por las miradas las ilusiones.
Por ejemplo esa chica de rulos con su bebe en brazos, traía trencitas hechas con lacitos rosas y todas estaban hechas de “si”.
La señora que miraba por la ventanilla -sin ir mas lejos- con sólo verle la nuca, ya se le adivinaba el “si” prendido en sus cabellos y lo comprobó en la siguiente parada, cuando la vio bajar del camion y caer en los brazos de un señor que también la esperaba con cara de “si” en los bigotes.
Esas chicas adolescentes, se peleaban por contar sus colecciones de “si” a los gritos.
Y por dentro, al fondo de toda esa enorme cantidad de gente afortunada, él se miraba de reojo en el vidrio y borroneaba con la mano el “no” que le delataba la pena.
Había una parte del “no” que no entendía.
Un lugar minúsculo y casi imposible de explicar.
Algo que lo mordía por dentro y le escarbaba las dudas.
Cerraba los ojos y se le dibujaban unos labios rojos y tiernos diciendo No en cámara lenta y en ese punto es que comenzaba a no entender, justo cuando ella estaba a punto de cerrar la boca y no lo hacía. Justo en ese breve instante en que sus labios quedaban detenidos y los ojos de ella completamente salados se colgaban de la boca de él y trastabillaban en medio de ese equilibrio imposible, diciendo No.
Era ese momento de manos húmedas y retorcidas que como único tesoro acunaban su cara, en el que ese pequeñito espacio del “no”, no lo conformaba y lo dejaba sin entendimiento, preguntándose porqué obedeció a esa palabra tan cortita y se olvidó de una boca enorme, que se le ofrecía abierta, como si fuera una fruta madura.
Aunque dijera que no.