Parte 1
El viento tocó la puerta. Me habría despertado de no ser por que seguía despierto.
Cavilaba sobre el sofá, reposando lagrimas de ayer en el rostro de un día como hoy, igualmente el clima templado y de la misma manera, continuando los recuerdos de ayer en el corazón lloroso de hoy, mientras la brisa se posaba en mi paladar, no pudiendo ir mas allá por el nudo en la garganta.
Desde ahí alcanzaba a mirar la gente transitar, caminando unos a otros sin si quiera conocerse, divagando en sus enigmáticos pensamientos, volviendo la vista tan solo para vociferar a quien en su camino se osase atravesar. Todos con rumbo fijo, todos sin ganas de llegar, en sus caras tan distantes se lograba descifrar.
Me volteo hacia otro lado, la pared parece más interesante. Ella me ofrece aventuras más sinceras que el caótico exterior, con su tez alguna vez brillante -ahora opacada por el paso del tiempo, y con rasguños en su piel -otorgadas por el mal tiempo, me regalaba mis viejos sentimientos, aquellos que vivimos tu y yo sin saberlo y las noches enteras que pasamos tan solo mirándonos, uno de otro enamorado.
Pasa el tiempo y la sustancia es la misma: un poco de deseo, un poco de amor y nada de atención. En el preciso momento en que una lagrima rompió en mi rostro, un sonido llego a mi puerta, casi como una consecuencia instantánea de mi llanto. Por un instante creí conocer esos dedos chocando con el metal oxidado del exterior. Sabia que no era el viento, porque él lo hacia para que yo lo reconociese siempre, para que siempre supiese quien estaba del otro lado.
Suspire tan sólo un poco, reuní mis ultimas fuerzas y casi con las mismas ganas con las que se va a la escuela cuando se es niño, tome mis viejas sandalias, tome el abrigo y me dirigí despacio hacia la puerta caminando lentamente, pensando en no abrir al llegar ahí, al fin que nadie sabría si yo estaba o no en casa, si estaba o no del otro lado de la gruesa puerta. Al fin que, fuese quien fuese, jamás -ni en mil años, cambiaria mi vida en lo absoluto.
Atravesé la sala sin mayor problema, ropa por aquí y por allá, ningún obstáculo capaz de detenerme. Atravesaba la cocina cuando note la ultima comida que compartimos… aun seguía sobre la mesa, casi como un altar a la añoranza, los platos sucios tan llenos de nada, los vasos con el refresco tan seco que éste ya se sabia impregnado en su ser por siempre… tan seco como los recuerdos de aquella vez… que de igual manera también se me quedaran por siempre…
Ella lucia un vestido lleno de recuerdos tristes y bajo ellos, un alma llena de soledad.
Sus labios eran rojos como la sangre que salía de sus ojos, su tez pálida, tan llena de amargura e infelicidad y sus recuerdos… sus recuerdos eran una manifestación distinta y etérea de la culpa que la acosaba.
Ella se encontraba en un restaurante sin nombre, al que llego tras deambular de noche por la ciudad, tras perderse y hacerse una con las sombras de la noche. Había gente de mala pinta en el lugar. Particularmente había un tipo que sobresalía del resto, que se había acercado a tratar de conquistarla. Tenía talante de llamarse Esteban, por sus falsos modales y evidentes intenciones. No pasó a mayores, ella tenía el cuerpo, mas no la capacidad de lidiar con algo que no fuese ‘él’ así que Esteban decidió dejarla en paz y marcharse.
Ella solo podía pensar que el era un hombre de palabra, que cualquier cosa que el juraba la cumplía, que no dejaba trabajo alguno a medias. Pensar en ello le aterrorizaba a tal grado de enchinarle la piel como no lo había hecho jamás el peor de los inviernos, como no lo había hecho jamás…. ningún otro hombre.
Lo amaba locamente, en sus días brillantes no pensaba en otra cosa. No hacia falta, no había nada mas en que pensar. Pero hoy… hoy en los días mas oscuros de su vida, el no estaba con ella, a su lado… se había alejado, ella lo había hecho irse sin quererlo… la duda la inquietaba de mala manera, ¿Estaría con otra? ¿Acaso dedicaría un poco de tiempo de su nueva vida a pensar en ella? No lo sabía.
Desesperada, comenzó a soñar despierta, a divagar en realidades distintas a la propia. Se imaginaba un mundo diferente en el que ella no existió jamás. Absorta, comenzó a creer los juegos que su amor desesperado le hacían. Confundía sus emociones en un ciclo interminable de malas bromas.
Sus lágrimas no paraban de nutrir su inmensa desdicha y como toda mujer enamorada, no veía mas allá de lo que sentía. Así que basada en sus obtusas y caóticas reacciones impulsivas, decidió no pensar más y salir en busca de su único amor, el que no estaba a su lado en ese preciso momento de gran necesidad.
Se conocieron un día como cualquier otro, en un momento sin importancia.
Ambos estaban en espera de ver una película antigua en el cine tradicional de la ciudad. “Recuerdos de otra vida” se llamaba la película… trataba de un amor imposible que el protagonista no osaba afrontar, el quería triunfar por sobre todas las cosas, incluso la muerte.
Ellos iban únicamente acompañados por su necesidad de soledad. Por su necesidad de reencontrarse a si mismos en la poderosa soledad que brinda un cine como aquel. Por azares del destino, ellos eran tan solo parte de las 11 personas -incluida la que proyectaba la película- que estaban ese día en la sala. 8 salieron 15 minutos después de empezada la cinta, “No saben lo que se pierden” pensó él…. “Mas soledad para mí” pensó ella…
Únicamente 3 restaban esa noche. Lágrimas, risas y sentimientos encontrados rondaron la sala durante cerca de dos horas. Después de un final inesperado, ambos salieron de ahí reflexionando la profundidad del filme. En un momento de abstracción, el dice en voz alta y sin darse cuenta: “¿Que significa… ‘tantas copias inútiles de ti’? Es la única parte que no comprendo de esa película… ¡¡Si no hay ningún otro personaje mas que el protagonista!!” Ella escucho e instintivamente respondió “No sabes cuantas veces me he preguntado lo mismo” al tiempo que noto su respuesta natural y sincera. Ambos rieron al instante.
Las estrellas no brillaban de manera especial, de hecho, parecían mas opacas que de costumbre. La luna,… la luna permanecía inmutable y sin cuidado de toda esa oscuridad que la rodeaba y amenazaba con absorberla de un momento a otro. No, a ella no le importaba nada en absoluto.
Era una noche en el lago, por una u otra razón, ellos no dejaron de hablar una vez que hubieron terminado de reír. Se contaban mutuamente sus experiencias y razonamientos sobre lo que entendían de la historia que acababan de ver hace un momento y se asombraban de cuan parecidas eran sus opiniones.
“Mi propia estupidez me impide darme cuenta de lo tonto que es mi absoluta soledad sin ti” Fue el tema después de la segunda -y al mismo tiempo primera- vez que vieron la película juntos. No pararon de asombrarse como la noche anterior, no pararon de medir siniestramente sus clónicas conclusiones al respecto. Esta vez la luna… la luna brillaba más.
El viento seguía tocando. En otra vida eso quizás me hubiera apresurado, en esta era diferente.
El tiempo no avanzaba, ni siquiera vacilaba en tratar de cambiar la noche se hacia eterna, las manecillas del reloj parecían tratar de volverme loco cuando me sonreían burlescamente, quedándose en el mismo lugar y al mismo tiempo haciendo que todos no pudieran continuar. Era una tortura esperar.
Me movía lento, pensando que detrás de la puerta jamás habría un destino mejor al que hoy vivía. El día no cambiaria del otro lado, el cielo seria aun mas gris por la lluvia, el clima mas húmedo que en el interior y ella…. ella no podría estar de ninguna manera del otro lado esperando que le abriera ¿Como habría de estarlo si me odiaba?
En un momento cualquiera, vino a mi mente un recuerdo pasado, donde ella y yo peleamos, donde nos separamos. Discutíamos dios sabe porque, ella gritaba mientras mi indiferencia hacia lo suyo, poco me importaba lo que dijera, de estupideces no pasaría. Era tal como la vez anterior, pero se sentía como la primera de verdad, había algo diferente que no encajaba con esa realidad donde ambos eran felices sin importarles si quiera el querer hablar, el amor bastaba para transmitir las emociones, el amor era suficiente para mantenerlos unidos, el amor simplemente… era.
El fuego sencillamente se había apagado, se había marchado quizás, a otro cuerpo. Ahora solamente me acompañaba el dolor y una botella de tequila, liquido transparente que al mismo tiempo brindaba un matiz de colores diferente a mi confinamiento en ese lugar, un falso arco iris de esperanza.
El sonido se volvió insistente, detrás de la puerta alguien de verdad tenia prisa por entrar, ¿Seria la lluvia? ¿Seria el frió de la noche? ¿Seria el casero que venia de nuevo a cobrarme? Mmmmf… al final no importaba, así que decidí caminar hasta allí y sorprenderme de mi enorme perspicacia. Decidí reanudar el paso.
Al caminar, solo podía recordar lo tonto que fui al enseñarle la parte de mí que no tenia sentimientos. Al mostrarle lo poco o mucho que podía hacer si así lo quería. Era capaz de mostrar la misma respuesta que un muro cuando se le golpea con todas tus fuerzas: causaba más dolor y enojo que momentos antes de hacerlo. La reacción a la acción determina cada emoción siguiente. Ni siquiera fui capaz de comenzar el efecto.